Inmortalidad.

Por: Claudia la Vampira.

Desde antes de convertirme en atea acostumbraba a sentarme en un rincón oscuro, con un cigarrillo entre los dedos y los ojos pintados con kohl, esperando a que un vampiro viniera a darme la oportunidad que nunca tuvo y me arrancara de los brazos de mi madre como un monstruo de un cuento de hadas, pero eso jamás pasó. Ningún vampiro vino nunca a beber de mi sangre y arrastrarme a un hermoso Jardín Salvaje. Aun así siempre estuve enamorada de la noche y poco a poco mi alma mortal se entregó a la depravación de las horas nocturnas, descansando de día y desafiando de noche a mis pesadillas. No me expuse más a la luz natural, mi pálida piel era vulnerable y sólo soportaba el reflejo de la luna.

Pero un día me enteré que la luz la daría yo, que un pedazo de vida estaba creciendo en mí, llenando todo mi interior y expulsando a mis demonios, pequeños espíritus traviesos que fui recolectando en mis andanzas, dándoles asilo allí donde mi alma se iba desgastando. Con cada centímetro que aumentaba mi cintura, cada uno de ellos fue saliendo de mí y, sin tiempo de poder encontrar otro refugio, murieron al ser tocados por el aire. Busqué la inmortalidad y esta llegó a mí, sólo que sin sacrificar vidas humanas y sin ofrecer mi sangre como alimento. El vampiro que esperé toda mi vida no vino de lejos, sino desde mi propio interior y él será mi vida eterna.

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